jueves, 2 de abril de 2015

Sin Parpadear

Abrí los ojos y mi madre se encontraba allí, con dos tostadas crujientes  y con un zumo de naranja recién exprimido. Es genial cuando después de muchas pesadillas te encuentras tan cómodo, como si fuera otra realidad, como si fuera un sueño. Cerré los ojos.
Hace dos años que no veía a mi madre. Solía llegar cada cierto tiempo, pero, por alguna razón, no había vuelto de su viaje. 
Cuando volví a abrirlos, habían dos tipos con bata blanca observándome. Me sudaban las manos y el cuello. Tenía unas amarras de cuero atadas a mis muñecas y estaba sujeto a una especie de camilla vertical. Hablaban otro idioma y no entendían nada de lo que les decía. Ellos conversaban entre sí, anotando cosas en sus carpetas. En la mesa había un cóctel de fármacos que pretendían dármelos , a los cuales me rechacé en primera instancia, pero hicieron entrar a un hombre tan forzudo que fácilmente hubiera podido retar a un gorila y salir victorioso, por lo tanto decidí aceptar las medicinas. Comenzó la somnolencia inducida, y la verdad es que odiaba ese fenómeno, ya que cada vez que pasaba podría aparecer en cualquier lugar del mundo, pero casi nunca volvía a casa. Me resistí un par de minutos con los ojos abiertos, pero los gramos de pastillas ingeridas ya comenzaban a alojarse en mis párpados, que se volvían más pesados. Cerré los ojos.

Abrí los ojos y mi madre estaba allí, con dos tostadas crujientes y un vaso de zumo de naranja. Adoraba ese lugar. Ya no quería parpadear, por lo que recurrí a cercenar mis párpados con el cuchillo de la margarina. No había sangre, no había dolor, no había miedo. Sólo estaba yo y mi madre, felices, observándonos, mientras comíamos unas sabrosas tostadas. ¡Qué deliciosas se veían!.