viernes, 6 de noviembre de 2015

Sirenas

Sabía que me iba a pedir pololeo.
Era mi cumpleaños y deseaba estar con él, por lo que decidí ir a buscarlo a su trabajo. Salía tarde, por lo cual tomé ese abrigo que usé el día que lo conocí. Era un chaleco negro, muy sencillo que aun guarda el aroma a mar de la costa de Valparaíso, y que suelo usar cuando deambulo por su costanera.
A veces me pregunto por qué no lo vi antes, si ambos acostumbrábamos caminar por ese mismo lugar, pero quizás no vale la pena hacerlo, si el tampoco me vio en esos fragmentos de momentos en que nos topábamos sin saberlo.
Ya me había puesto el abrigo y sólo quedaba coger las monedas, las llaves y melodías para el camino, entonces cogí mi reproductor de música y unos grandes audífonos violetas que tanto le gustaban a él. Debo reconocer que a veces me siento un poco boba intentando lucir bien para Alfonso, ya que sé que es un tipo sencillo, pero igual me gusta sacarle pequeñas sonrisas con estos minúsculos detalles que se que a él le encantan.
Salí con tiempo de sobra de mi departamento. Corría un viento gélido por las calles y apuré el paso hasta la parada de buses que queda a una cuadra del edificio. Me encontré con la señora que atiende el negocio del barrio por las mañanas, muy amable ella, siempre me pregunta si llevaré los mismos "dos panes con lisa". De vez en cuando pienso que tiene una bolsita con el nombre "Lorena" en la superficie, con dos hallullas y unas láminas de mortadela en su interior.
Como nunca, el conductor del bus al que me subí andaba con buenos ánimos, recibiéndome incluso con una extraña felicidad el pasaje "escolar" que pagamos aquí. Eso me causó gracia y trajo recuerdos de cuando era pequeña, de cuando los conductores no nos recibían la rebaja tarifaria escolar y, simplemente, nos hacían descender del bus. Por suerte, en esos tiempos mi papá trabajaba cerca del colegio. Él me compraba una paleta de helado artesanal sabor menta y chocolate que tanto me gustaba (y me gusta hasta la actualidad), y me quedaba sentada en la escalerilla fuera del almacén que administraba, lamiendo esa paletita, que me hacía sentir que era lo único que debía hacer en esos momentos. Una sencillez que me gustaría que volviese.
Habían pasado ya 10 minutos de viaje y ya me había ido en aquellos recuerdos tan bellos como los atardeceres que acostumbramos a ver con Alfonso, el "Forastero", como le solía decir.
Por un momento no recordé el por qué del sobrenombre aquel. Encendí el reproductor de música y comenzaron a sonar canciones que le había robado de su portátil. De pronto miré el mar que comenzaba a verse por la ventana, resplandeciente por las luces que los barcos fondeados reflejaban en su superficie, y comenzó a sonar aquella canción. Hace aproximadamente un mes que él me había dedicado esa canción. En verdad, él exactamente no, sino que el vocalista de una banda tributo a su banda favorita. Recuerdo incluso que desde el público lo molestaron y en un principio fue un poco cómico pero también reconozco que me ruboricé. Pero él ni si quiera se inmutó por las burlas, sino que se centró en mí. En ese momento recuerdo que sus ojos se llenaban de lágrimas, pero de una felicidad inmensa que lo desbordaba a tal nivel que sólo canciones podían decirme lo que él quería decirme en ese momento, y ambos sabíamos qué es lo que quería decirme. Él me amaba. Fueron casi 5 minutos de un abrazo constante, sonrisas perfectas que se apaciguaban entre nuestros brazos. Su voz, temblorosa pero aun así suave, seguía cantándome esos fragmentos que tanto me había cantado y haciéndome ver que pronto lo de nosotros tomaría forma.
Ya se acababa la canción y debía bajarme ya del bus, en su lugar de trabajo. Era una pequeña escuela para adultos. Enseñaba ciencias y decía que en días como hoy los adultos son los que desean aprender más, pero que aún no pierde la esperanza en los niños. Ese tipo de expresiones me sacaban sonrisas, ya que su madurez, combinada con sus tonterías varias que constantemente me hacen reir, me dan una sensación de constante bienestar, y, por sobre todo, felicidad.
- ¡Hola Damita! ¿Cómo está?- preguntó, sacándose la palestina que llevaba en su cuello, guardándola en su bolso que siempre colgaba en uno de sus hombros.
- ¡Hola Caballero, muy bien! ¿Y usted?- respondí, mientras me acerqué a su pecho, para rodear con mis brazos su espalda, respirando ese aroma almizclado, que acostumbraba a usar, y que ya me había conquistado.
Comenzamos a caminar hacia la costanera. Alfonso usaba la misma chaqueta que usó en nuestra primera cita. Esa chaqueta que usó de manera romántica, pero a la vez inútil, para cubrirme de una ola que salía de las ruedas de un bus en ese día de lluvia.
Eran ya las 11:45 de la noche y sacó un pequeño chocolate. Sabía que no podía pedir mas que eso, ya que ambos andabamos en épocas débiles, económicamente hablando.
Fue una mini celebración de un cumpleaños con sabor a espera, ya que después de la entrega del pequeño presente y un abrazo, vino una pausa, y luego vinieron unas lentas palabras.
Sabía que me iba a pedir pololeo.
- Lorena... sabes que nuestro tiempo juntos ha sido un regalo, dulce como este pequeño chocolate...- decía, tembloroso pero suave.
- Alfoncito, cariño... ¿Esperarías 15 minutos más?- dije, para calmarlo, y para calmarme también, si ambos queríamos decir que sí.
Nos sentamos en la orilla que daba hacia la bahía de la costanera, se sacó su chaqueta y la puso sobre mis hombros, y me abrazó. Acercó sus labios a mi oído y comenzó a pronunciar esas palabras que constituían el coro de la única canción que era capaz de simbolizar todo lo que él sentía por mí, por mi cuerpo y por mi alma.
Mientras mi espalda se estremecía en tan bello momento, mi cuello se erizaba ante su cálido canto. Sólo podía responder abrazándolo más fuerte que a nadie. El era tan diáfano que me mostraba sus sentimientos constantemente, y nunca vi en Alfonso ganas de dañarme, sólo de cuidarme y hacerme feliz... Pero yo me conformaba si él me cantaba al oído todas las noches.
Alfonso miró su reloj de pulsera, hizo su típica mueca con su sonrisa pícara, y prosiguió con la misma línea utilizada antes por él mismo.
- Lorena... sabes que nuestro tiempo juntos ha sido un regalo, dulce como este pequeño chocolate...-
Sabía que me iba a pedir pololeo.



sábado, 8 de agosto de 2015

Marejada

Porque disfruto ese momento,

converso con el misterio.

Es aquella sensación

 que pulula en vuesta espalda,

que danza en tus mejillas y

que acaricia nuestros labios

cual cosquilla ponzoñosa

que droga nuestros cuerpos

y nuestras almas diafanas.

Como un paraguas y una máquina de coser

nuestros encuentros son bellos y fortuitos,

incluso eternos.

Puedo bailar con el "felices para siempre"

pero las canciones terminan,

al igual que las tormentas y marejadas.

Prometo ante vos cual hidalgo

mantenerte seca mientras dure.


Deja que realmente perdure.

jueves, 2 de julio de 2015

Pérfida

-¿Sabes? Yo no te considero pérfida, como tú lo dices. - le aseguré, mientras levantaba mi taza de café, con el meñique erguido.- Creo que lo dices sólo porque estás soltera y no has encontrado a nadie que te enganche.

-¿Por qué lo dices? ¿Qué tiene que ver que esté soltera y ser pérfida? -dijo mientras endulzaba el té que había pedido a la mesera.- Antonio, aun no me conoces como para asegurar eso, ¿Acaso te he dado la percepción de lo contrario? -exclamó con cierto nerviosismo, que, hasta el momento, nunca había percibido en ella.

Camila era una chica que conocí en un café. Adoraba la buena música, siempre tenía temas en común para hablar y adoraba pasar horas platicando, ya sea por whatsapp o en vivo. Ella vivía en Valparaíso, una ciudad aventurera, bohemia pero traicionera, y se notaba que parte de ella había sido curtida por la magia del puerto.

En una semana, habíamos logrado conocer ciertas mañas de cada uno. De hecho, uno de los rasgos que me atraía de ella, era su libertad para vivir. En cambio, yo soy un hombre mas romántico, sufro por ciertas cosas en las que hay que sufrir, valoro la lucha, la trama para llegar a desenlaces, ya sean buenos o, a veces, desfavorables.

Ella me contaba sus historias, sus travesías y peripecias que había atravesado, sus dolores, sus alegrías y proyectos, lo cual provocaba en mi una cierta atracción un poco carnal, percibía afinidad por como ella sentía las cosas.

-Sabes que mi vida ha sido una locura, una aventura. No necesito agarrarme de aquellos que van y vuelven.- arguyó, bebiendo con sus carnosos labios de la taza de té, sin quemarse.

-Pero eso no te haría pérfida. -dije, luego de beber de la taza, y dejarla hasta la mitad aproximadamente. Luego, miré sus manos, su collar con forma de Sol, y finalmente sus ojos, rasgados, pero con una potencia que describía su energía, su potencia y, como gustaba decir, libertad.- Creo que eres todo lo contrario.- dije, curvando un ángulo de mi boca, generando una sonrisa, mientras le seguía clavando mis ojos en los suyos.

-¿Y cómo sería eso?, a ver, explícate un poco más.- me dijo con cierta incredulidad, pero aun así, seria.

-Creo que es más sencillo de lo que parece. Las cosas que has hecho en tu vida, sólo han logrado que te aferres aun más a tu gente, a tu verdadera gente. Y eso es más importante, no creo que a ellos nunca los traiciones.- puse mi mano, tibia por sostener mi café, sobre la de ella, que estaba un poco menos cálida que la mía.- Quizás debas ver la taza media llena, cariño.

Ella sonrió, de la misma manera que lo hice yo, hace un minuto atrás. Luego compartimos un cheesecake de frambuesa. No volvimos a probar otro tan suave como aquel.

jueves, 2 de abril de 2015

Sin Parpadear

Abrí los ojos y mi madre se encontraba allí, con dos tostadas crujientes  y con un zumo de naranja recién exprimido. Es genial cuando después de muchas pesadillas te encuentras tan cómodo, como si fuera otra realidad, como si fuera un sueño. Cerré los ojos.
Hace dos años que no veía a mi madre. Solía llegar cada cierto tiempo, pero, por alguna razón, no había vuelto de su viaje. 
Cuando volví a abrirlos, habían dos tipos con bata blanca observándome. Me sudaban las manos y el cuello. Tenía unas amarras de cuero atadas a mis muñecas y estaba sujeto a una especie de camilla vertical. Hablaban otro idioma y no entendían nada de lo que les decía. Ellos conversaban entre sí, anotando cosas en sus carpetas. En la mesa había un cóctel de fármacos que pretendían dármelos , a los cuales me rechacé en primera instancia, pero hicieron entrar a un hombre tan forzudo que fácilmente hubiera podido retar a un gorila y salir victorioso, por lo tanto decidí aceptar las medicinas. Comenzó la somnolencia inducida, y la verdad es que odiaba ese fenómeno, ya que cada vez que pasaba podría aparecer en cualquier lugar del mundo, pero casi nunca volvía a casa. Me resistí un par de minutos con los ojos abiertos, pero los gramos de pastillas ingeridas ya comenzaban a alojarse en mis párpados, que se volvían más pesados. Cerré los ojos.

Abrí los ojos y mi madre estaba allí, con dos tostadas crujientes y un vaso de zumo de naranja. Adoraba ese lugar. Ya no quería parpadear, por lo que recurrí a cercenar mis párpados con el cuchillo de la margarina. No había sangre, no había dolor, no había miedo. Sólo estaba yo y mi madre, felices, observándonos, mientras comíamos unas sabrosas tostadas. ¡Qué deliciosas se veían!.