sábado, 17 de diciembre de 2011

Seis cuerdas...

Al pulsar la sexta, comienza a latir la extraña secuencia, ese flujo que engaña, persuade, y a lo menos, llama la atención de las flores y las tazas de café; esa cuerda que vibra con firmeza, pero a la vez, con sutil vergüenza de ser oída, por el simple motivo de no ser lo sensato para el momento, deja paso a LA quinta, que deja un paradigma instalado fuertemente en el alma de los oyentes, ese ritmo, o simplemente pulso, que a par con la anterior, puede mezclar sus mejores artilugios en una melodía minimalista, que sin darse cuenta, sumerge en lo que plantean su sucesora, la cuarta; esa que armoniza este sistema que tiende al orden, pero cualquier tipo de orden, sino ese que propone un camino, necesario para el atento oído y el resto de los sentidos dispuestos, que pierden la noción del tiempo-espacio cuando están en presencia de acordes libidos, que conllevan a las tan censuradas escenas de amor carnal , que pierden su significado al ser opacadas por los sonidos provocados por la tercera cuerda, aquella que alcanza a durar un ínfimo momento, ya sea de desesperación, miedo, tristeza, amargura, violencia, cariño, amor; que cambia su duración por su significante, trabajo que hace muy bien, siempre acompañada de la segunda, que procura dar siempre en el clavo las veces que se pronuncia, dejando así una leve sensación de conexión entre la magia que se esparce en el ambiente, y los presentes, que atentos al vacío dejan de pensar, para poder escuchar la primera, que de diferente manera, permite el latido de este divino ente, al que llamamos melodía, por el simple hecho de ser, en esencia, lo mismo que su compañera, la última cuerda.