sábado, 30 de julio de 2011

Un café en la madrugada...

Dos de la mañana y nadie cierra los ojos, la última braza de la calefacción daba sus últimos respiros, sólo quedaba ese eterno abrazo mutuo que brinda una calidez suficiente para permanecer despierto.
-¿Dos de azucar?- le pregunté, como si en realidad no supiera que esa era la cantidad que ella siempre pedía.
- Si, claro, pero no demores- respondió, sacando su brazo de mi cuello y cruzándolo con el otro, para no perder esas últimas fuerzas que la mantenía en pie, mas bien, sentada en ese sillón pequeño que sólo tenia espacio para dos personas.
Sabía que a ella no le gustaba cargado pero tampoco muy suave... siempre me fijaba en esos detalles. Alrededor de tres minutos se demoró el calentador de agua en alcanzar la temperatura necesaria, las dos tazas ya esperaban en una mesa con la mezcla perfecta. Ya preparado el café, faltaba la aprobación. No cualquier aprobación, sino la de ella. Al fin y al cabo era ella quien iba a beberlo, y no daba lo mismo lo que ella mencionara sobre la bebida, ya que en un gesto tan pequeño se demuestran esos detalles que muestran esa confidencialidad digna de parejas.
Me senté a su lado, le pasé su taza del zodiaco y la rodee con mi brazo... Siempre es imposible explicar esa sensación que se siente al momento de oler manzanillas en su cabello y al mismo tiempo escuchar esa frase de satisfacción...¡Te quedó exquisito!... Una sonrisa es el símbolo perfecto, siempre lo es.

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