viernes, 1 de julio de 2011

A la luz de la lámpara...

Y comenzaba la pluma a escribir en la hoja, con esa lentitud que la caracteriza, cosas que Neruda no hubiera pensado, cosas que Borges no hubiera pronunciado, y el literario que escribía, parece que tampoco, ya que rayaba sobre esas palabras, al parecer, prohibidas. La madrugada influía en los ojos del escritor, no contaba con que, además, era un noche tranquila, era una de esas noches en donde los perros no ladraban, plácida y tranquila, como el pasar de las nubes en primavera. La cafeína ya no servía, el momento de la llegada de Morfeo se aproximaba. Sólo había escrito tres líneas en casi ya dos horas, al parecer no era la noche adecuada. Extrañaba el movimiento nocturno, las sirenas de los policías, ese auto que gira en la esquina de la calle a alta velocidad, ese ladrido que despierta a la población, ese trabajador que llega tarde a su casa porque hizo "horas extras" en su trabajo con tal de poder llevar de vacaciones a sus hijos... definitivamente era un día tranquilo, una noche tranquila. Y sin más ni menos, se intentaba por última vez relatar algún hecho, sin mayor eficacia que la que poseía al comienzo de la noche. El café ya estaba completamente helado, sólo quedaba apagar la lámpara.

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